Matisse o la placidez poscoital

por Luis Alberto Álvarez

No. El visitante no encontrará en la muestra que dedica estos días (hasta el 20 de septiembre) el Museo Thyssen a Henri Matisse (1869-1954) la vitalidad ‘fauve’ que le hizo saltar al olimpo de la modernidad en los albores del siglo XX. En su lugar, el público descubrirá su faceta más introvertida, ensimismada, íntima. La de los interiores de su etapa de Niza (1917-1941).

Odalisca con pandereta (1925-1926, MoMA)

Pintor melancólico, encontró en la luminosidad de la decoradas habitaciones de la Costa Azul el espacio donde construir microcosmos herméticos, plagados de una sensualidad que difícilmente se ha superado. Ni siquiera Picasso, su admirado rival, fue capaz de llegar a tanto. El propio artista explica su relación con la pintura: “Mi propósito es expresar mi emoción. Este estado de ánimo lo crean los objetos que me rodean y causan una reacción en mí […]. Expreso tan naturalmente el espacio y los objetos que están situados en él como si tuviera delante de mí sólo el mar y el cielo, es decir, lo más sencillo que existe en el mundo”. Va más allá.

Temas y variaciones (1941, Musée Fabre, Montpellier)

Discípulo -junto con Rouault, otro peso pesado de la pintura francesa de principios de siglo- de Gustave Moreau, heredó de éste el gusto por el detalle y, por qué no, por la simbología que radica en sus pinturas. Estoy de acuerdo con Bonet al apuntar que los paisajes interiores de su etapa de Niza son los más lujosos, en calma y voluptuosos (por usar el nombre de, quizá, su obra más celebrada) de toda su carrera.  “¿Se acuerda usted de la luz que había a través de las persianas? […] Todo era falso, absurdo, estupendo, delicioso”, rememora Matisse.

Naturaleza muerta con mujer dormida (1940, Nat. Gal. of Art, Washington)

Da la sensación como si los cuadros en los que aparecen las mujeres, sus odaliscas -que, por cierto, provienen de una tradición exclusivamente francesa que parte de Ingres-, flácidas, ausentes, fundidas con el entorno, no sean más que el despojo, la eyaculación de una orgía entre el autor, la paleta, el lienzo y, por supuesto, la modelo. Lujo, calma, voluptuosidad, sí. Placidez poscoital. Alegría de vivir, en cualquier caso.

Madrid, Luis Alberto Álvarez (CC)