Beirut III: La ciudad de los naufragos

por Luis Alberto Álvarez

Naufragué en Beirut a las cuatro de la mañana de un miércoles. Cualquier despistado que caiga por esta ciudad lo es. Fenicios, egipcios, griegos, romanos, árabes sunnies, chiíes, cruzados, sirios menonitas, drusos, armenios…  todos ellos naufragaron antes que yo.


El taxista nos dejó en una pensión que estaba completa. Logré colar a Alberto en la única cama que  quedaba libre. Salí fuera sin saber ni dónde estaba y me puse a buscar otra pensión. La verdad es que el paisaje urbano no animaba a semejante aventura. Me acerqué a unos tipos que parecían tomar el fresco. Uno de ellos, fornido, tatuado, cabeza afeitada, moreno, cúbico, me dice que le siga. Prudente, le acompaño hacia un callejón oscuro, entramos en un edificio cochambroso. Es una pensión. Lo arreglamos todo con el muchacho recepcionista. El tipo que me acompaña charla amigable conmigo hasta el punto de mostrarme la pistola que tiene escondida en la parte trasera de su pantalón militar. No llevo ni una hora en la ciudad y ya he visto el primer arma. Días después sabría que el tipo en cuestión pertenece a Falange cristiana, una de las milicias más poderosa en un país en el que cada partido político cuenta con su brazo armado. El lugar en el que pregunté es su ‘cuartel general’ en Germaized, en la zona este de la ciudad.

Calor y humedad: el sudor permanente hace que limpiarse con un ‘kleenex’ sea el primer tic que se aprende. Uno se siente pegajoso todo el tiempo, es otro elemento que te dota de aspecto de naufrago. La gente local, según parece, transpiran mejor. Ruidosa, pasear por las calles de Beirut es masticar gasoil. El fluir de los vehículos -muchos de ellos todoterrenos de gama alta- es infernal. Alberto dice que la gasolina tienen que regalarla. De hecho, la ciudad está colapsada a cualquier hora del día, incluso de noche. Son ahora las 1:25 de la madrugada y los pitidos de los coches y el chumba-chumba de la fiesta de la azotea de un edificio no paran. Otros pisos, los semiderruidos conviven, mudos, fantasmales, aislados, con el nuevo Beirut vital y pretendidamente moderno. Alberto dice que el negocio de la construcción ha tomado el testigo al que en su momento ocupó el negocio de las armas. No sé. Puede ser.


La reconstrucción siempre es un negocio. Lo sabía bien el malogrado presidente Hariri, asesinado en 2005 con un coche bomba. Un taxista nos comenta que Rafiq Hariri arrasó lo poco que quedaba del centro de la ciudad después de la guerra, creó una zona centro que parece un escenario de cartón piedra y con los escombros de los edificios derruidos ganó terreno al mar en la zona portuaria. Todo un pelotazo del desastre. Se le acusó en su momento de corrupción urbanística. Ahora, promotoras de Qatar y Dubai se reparten el jugoso pastel de la reconstrucción con mano de obra siria mientras que los barrenderos paquistaníes dejan las aceras impolutas.

Pero no. Para nada es la ciudad más hermosa del Mediterráneo. Beirut es incómoda. Su vitalidad es su redención. El contraste, su seña de identidad. Contraste de edificios, contraste de ‘castas’ sociales, contraste de confesiones religiosas que se traduce en los distintos barrios… Un ejemplo, por estas fechas es bastante común ver a musulmanes bañándose en las rocas del malecón de La Corniche al lado de un club de playa de lo más exclusivo donde el volumen a ritmo de ‘eurodance’ es atronador.


La normalidad no deja de ser aparente. La chispa puede saltar en cualquier momento. Javier Espinosa, corresponsal de ‘El Mundo’ en la zona, me dijo en un café de Hamra (al oeste de Beirut) que me fijara en los camareros: “¿Los ves así de atractivos y bien vestidos? Pues todos son milicianos. Yo los he visto pegar tiros por estas calles en uno de esos brotes violentos frecuentes que, como vienen, se van”. De hecho, Roberto Arab, antiguo embajador de Líbano en Madrid, asegura que todos los libaneses guardan al menos un AK-47 en su vivienda. ¿Un viejo recuerdo de la guerra?. Las armas también siguen siendo un buen negocio, sus ventas y el precio de las mismas se ha triplicado desde la  última guerra. Del diplomático también es ilustrativas esta frase: “Con un libanés, tienes un periódico; con dos, un partido político; con tres, una guerra civil”.

Tal vez sea cierto, pues en la ciudad de los naufragos lo único que parece estar en calma son las aguas del Mediterráneo que regala atardeceres perfectos.

  • ÉSTE POST ES EL TERCERO DE UNA SERIE QUE SE ACERCA A LA VIDA, LA SOCIEDAD Y LAS CONTRADICCIONES DE LÍBANO, UN PAÍS CONDENADO A VIVIR EN PERMANENTE TENSIÓN CON SUS VECINOS Y CONSIGO MISMO.
  • Evolución política de Líbano en los últimos años

Beirut, Luis Alberto Álvarez (CC)